Siempre que vamos en grupo a una zona rural, ya sea más o menos recóndita, hay alguien que hace la misma afirmación "debe de ser un horror vivir aquí todo el año".
Bien, puede que la vida en la montaña o en cualquier pueblo pequeño sea más aburrida. Pero esto no lo podemos juzgar desde nuestro prisma, porque nosotros tenemos todas las comodidades del mundo. Hoy, no somos capaces de concebir la vida sin internet, ni teléfono móvil o setenta canales de televisión.
Muchas de las personas que viven en esas aldeas, no tienen la necesidad de tener ninguna de estas cosas. Es más, en algunos aspectos, llevan una vida mejor que la nuestra. No están sometidos a estrés, realizan sus labores diarias de manera constante pero sin renunciar a su siesta, ni a sentarse en un banco a charlar con sus vecinos, se alimentan mejor y respiran aire de mejor calidad.
Nosotros tenemos la capacidad de hablar con tropecientos amigos a la vez por Facebook, Twitter o email y enterarnos de toda la actualidad mundial casi a tiempo real, pero en cambio, no somos capaces de hablar en el ascensor de otro tema que no sea la meteorología. Tampoco podemos imaginarnos si nuestro vecino tiene necesidad de algún favor que para nosotros tendría fácil solución. Primero porque él no nos lo contaría y segundo porque nosotros no nos ofrecemos, el simple hecho de sugerirlo parece una locura hoy en día.
Paseando ayer, los troncos pelados llenos de líquenes, daban la sensación de que lo que teníamos ante los ojos fuera una estampa en sepia, inamovible. En mis ojos se quedó este filtro para seguir observando las relaciones interpersonales entre los habitantes del pueblo. Tuvimos la suerte de ver hasta una junta vecinal, allí reunidos en la plaza, debatían sobre la solución a un desplome de una pared del cementerio que cerraba la entrada a una finca. El sepia, nos transporta décadas atrás, da la sensación de antiguo y por ello abocado a desaparecer, no sin antes despertarnos cierto aire nostálgico.
Ya no queda gente joven, sólo una niña de 10 años. El resto, nietos de los moradores habituales se dejan caer en mayor o menor medida según los gustos, pero ya no se van a quedar porque crecieron en otro entorno. De todas maneras, son afortunados por haber vivido ese trato familiar con el resto de los vecinos.
Con lo cual, mi respuesta ante la afirmación "debe de ser un horror vivir aquí todo el año" es la siguiente, "no es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita".

Bien, puede que la vida en la montaña o en cualquier pueblo pequeño sea más aburrida. Pero esto no lo podemos juzgar desde nuestro prisma, porque nosotros tenemos todas las comodidades del mundo. Hoy, no somos capaces de concebir la vida sin internet, ni teléfono móvil o setenta canales de televisión.
Muchas de las personas que viven en esas aldeas, no tienen la necesidad de tener ninguna de estas cosas. Es más, en algunos aspectos, llevan una vida mejor que la nuestra. No están sometidos a estrés, realizan sus labores diarias de manera constante pero sin renunciar a su siesta, ni a sentarse en un banco a charlar con sus vecinos, se alimentan mejor y respiran aire de mejor calidad.
Nosotros tenemos la capacidad de hablar con tropecientos amigos a la vez por Facebook, Twitter o email y enterarnos de toda la actualidad mundial casi a tiempo real, pero en cambio, no somos capaces de hablar en el ascensor de otro tema que no sea la meteorología. Tampoco podemos imaginarnos si nuestro vecino tiene necesidad de algún favor que para nosotros tendría fácil solución. Primero porque él no nos lo contaría y segundo porque nosotros no nos ofrecemos, el simple hecho de sugerirlo parece una locura hoy en día.
Paseando ayer, los troncos pelados llenos de líquenes, daban la sensación de que lo que teníamos ante los ojos fuera una estampa en sepia, inamovible. En mis ojos se quedó este filtro para seguir observando las relaciones interpersonales entre los habitantes del pueblo. Tuvimos la suerte de ver hasta una junta vecinal, allí reunidos en la plaza, debatían sobre la solución a un desplome de una pared del cementerio que cerraba la entrada a una finca. El sepia, nos transporta décadas atrás, da la sensación de antiguo y por ello abocado a desaparecer, no sin antes despertarnos cierto aire nostálgico.
Ya no queda gente joven, sólo una niña de 10 años. El resto, nietos de los moradores habituales se dejan caer en mayor o menor medida según los gustos, pero ya no se van a quedar porque crecieron en otro entorno. De todas maneras, son afortunados por haber vivido ese trato familiar con el resto de los vecinos.
Con lo cual, mi respuesta ante la afirmación "debe de ser un horror vivir aquí todo el año" es la siguiente, "no es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita".
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