... O como una vivencia común puede crear vínculos duraderos.
El otro día revisioné Casablanca, y me encantó. Como siempre. Aunque sea muy tópico y típico decir esto. Por su estética. Por Humphrey. Por su música. Por su calidad. Por su historia. Y especialmente, por su diálogo final.
"Siempre tendremos París. Lo habíamos perdido y anoche lo recuperamos". Y esto es suficiente.
Ayer estuve de cena y postcena con unos amigos, después de ponernos al día tras tiempo sin vernos, pasó lo de siempre, empezamos a recordar un montón de anécdotas de un año que compartimos y que todos guardamos como especial. Fue el momento de mayores risas de la noche. Eso siempre quedará, es nuestro, de los que lo vivimos y de nadie más.
Todos guardamos recuerdos especiales, son como tesoros que almacenamos en los cajones de nuestra memoria. Y nos gusta sacarlos para contemplarlos, para revivirlos. Son una sola joya, pero se puede guardar en muchos cajones distintos a la vez, en tantos como personas hayan estado presentes en su elaboración.
A pesar de la distancia o del tiempo, hay momentos en la vida que permanecen con nosotros y que son los que solidifican y hacen robusta una amistad. Aunque ésta pueda enfriarse en determinados momentos por diferentes causas, estos recuerdos velan por su perpetuidad, son como un bálsamo ante la enfermedad.
Los problemas de tres pequeños seres no importan nada en este loco mundo. Por eso necesitamos estar bien rodeados de personas a las que sí les importe lo que te pasa y por las que tú veles para intentar contribuir a su bienestar.