miércoles, 23 de enero de 2019

Anatomía de un escalofrío

De mis peores sensaciones corporales es el escalofrío por la espalda cuando está oscuro y sopla el viento. No es necesaria la presencia de la lluvia ni el viento tiene por qué ser frío aunque yo creo que lo favorecen. Me lleva pasando desde pequeña. Se queda entre los omóplatos y conecta con mi cerebro perturbando mi calma. A veces parece que incluso llega a extenderse de las sienes hacia atrás. Me produce encogimiento y aunque me proteja de la intemperie al calor, permanece en mí un rato relativamente largo. Depende de si estoy acompañada y de lo que me acompañe la compañía. A pesar de ser una sensación reconocible, no deja de ser perturbadora, por suerte, solo asoma un par de veces en el año.

Dicen que los recuerdos se guardan mejor cuando van asociados a emociones intensas. Pues yo recuerdo varios momentos de escalofrío insoportable que hubieran caído en el olvido por rutinarios y en cambio permanecen vivos gracias al malestar.

Una de las primeras veces, no podría determinar si fue la primera, estaba de vacaciones con mis padres, no recuerdo los años que tenía ni si mi hermana había nacido ya, volvíamos de cenar en un restaurante, podría ser Denia o Santa Pola, era de noche y se levantó el aire, recuerdo la indefensión de ser invadida por este escalofrío desagradable, recuerdo pegarme fuerte a mi madre y desear caminar lo más rápido posible para llegar al apartamento. Visualizo incluso la calle.

Otra vez que recuerdo, fue bañándome en la playa de Salinas. Tenía unos quince años y estaba con mis amigos. Lo estábamos pasando genial, jugando y saltando las olas, de repente me invadió y salí apresurada a la toalla. Me quedé allí sentada esperando que alguno más saliese y no se me pasó hasta que comencé a charlar y me distraje.

Y la otra de la que guardo recuerdo nítido fue ya con mi pareja, hace también muchos años, podríamos tener veinte o veintipocos. Habíamos ido al Cabo Peñas, por verlo y dar un paseo, soplaba mucho aire y se estaba haciendo de noche, cuando "la cosa" se apoderó de mí. Pedí que volviéramos rápido al coche y le conté con toda la confianza la sensación de nimiedad que me poseía cuando el escalofrío me gobernaba. Fue importante porque nunca se lo había contado a nadie, o al menos no tengo el recuerdo.

Escribiendo estas líneas es la primera vez que me paro a observar lo que me produce tanto a nivel corporal como mental y es la primera vez también que le pongo nombre, antes lo describía como un malestar desagradable sin pararme a observar su naturaleza ni sus  efectos sobre mi persona. Espero que este conocimiento me sirva para sobrellevarlo.

Dicen que el viento vuelve loca a la gente, pues a lo mejor se trata de una locura transitoria. Porque nadie está cuerdo. Todo el rato. O ningún rato.