viernes, 30 de diciembre de 2011

Mi guerra personal

Tengo un propósito para el año que empieza. Sólo uno. Dejar de fumar.
Los que nunca habéis sido fumadores no lo entenderéis. Los que alguna vez en vuestra vida habéis tenido este vicio/hábito, suscribiréis todo lo que a continuación quiero explicar.

He estado siguiendo los consejos de un icoach para establecer un plan para dejar de fumar. Llevo dos meses recibiendo a diario mails sobre los perjuicios del tabaco y los beneficios de no fumar. He realizado encuestas de motivación, de grado de adicción física y psicológica.
Bien, el resultado es:
Motivación para dejar de fumar: media/alta.
Dependencia física de la nicotina: baja.
Dependencia psicológica del tabaco: ALTA.

Siempre digo que el primer día que me dio por fumar un cigarro estaba mejor yéndome a donde estáis pensando. Fue mi primer gran error. La tontería de la inmadurez. Fui de las últimas en empezar a fumar de mi grupo de amigos en el que los fumadores ganamos por mayoría aplastante. Empecé con 18. Primero sólo cuando salía por la noche y después ya acompañando a los cafés de la tarde, de la mañana en la biblioteca y demás asuntos sociales. Más tarde ya instauré el hábito en mí y no necesité compañía para echar unas caladas.
Luego llega la etapa de negación de la dependencia: "yo controlo, fumo porque quiero y puedo dejarlo cuando quiera". Pero cuando haces el primer intento en serio de dejarlo, ves que no es así.

Dejarlo es "fácil". De hecho, ya lo dejé un montón de veces. Lo difícil es no recaer. Pero muy, muy difícil. Algún ex-fumador que conozco, después de llevar un montón de años sin fumar, me reconoce que en determinadas ocasiones siente apetencia por el tabaco y tiene que realizar por enésima vez un ejercicio de autocontrol para no estropear el trabajo realizado durante años.
Sería muy feliz si pudiera controlar el hecho de fumar sólo cuando tengo evento festivo. Pero no puedo. Así que tengo que plantearme el dejarlo del todo. Muy difícil. Los fumadores estamos totalmente condicionados, asociamos determinados momentos con el tabaco y la única manera de salir airosa al principio será cambiando mis rutinas cotidianas. Intentaré evitar los momentos cigarrillo.
Es una dura lucha entre el raciocinio y los instintos, todo dentro del mismo cerebro. Por consejo de mi icoach, he realizado un balance de motivación en el que escribo los pros y los contras del hecho de fumar o no hacerlo. Se podría resumir en mi caso en los siguiente:

Fumar No

  • Perjudicial para la salud (factor de riesgo para múltiples enfermedades circulatorias, cardiacas, respiratorias, cáncer; produce mal aliento; envejece la piel; amarillea los dientes; y un largo etcétera).
  • Gasto económico (a cuatro euros la cajetilla y subiendo, cada cual que eche sus cuentas).
  • Condicionamiento (estar papando frío en las terrazas por no poder fumar dentro de los bares).
  • Mal olor en la ropa.

Fumar Sí

  • Porque me gusta

¿Pues os podéis creer, que sólo el hecho de que me guste equilibra la balanza de los contras? Así funcionan las adicciones.

Lo que más me llamó la atención de los consejos que fui recibiendo es que el tabaco no relaja. La sensación de calma que podemos sentir cuando fumamos tiene dos causas, interrumpir el síndrome de abstinencia (si llevamos un rato sin echar un cigarro) o en algún caso, el hecho de hacer un paréntesis en nuestra actividad para dedicarnos unos minutos a nosotros mismos (cosa que deberíamos hacer sin necesidad de llevarnos un cigarrillo a la boca). Pero que sepáis, fumadores del mundo, que la nicotina es estimulante del sistema nervioso central.

Empezaré el reto esperando conseguirlo y no autoengañarme. Si lo consiguiera sería genial, tendría una sensación de autocontrol sobre mí misma que seguramente me aportaría infinita satisfacción. No quiero pensar en la posibilidad de no conseguirlo porque sería darme la primera excusa. Dicen que el truco es pensar en ir proponiéndose plazos cortos de tiempo, por ejemplo un día. Una vez que pases ese día, intentarlo con el siguiente y pensar en los logros alcanzados hasta el momento para no decaer. No conviene plantearse el no fumar nunca más porque ese pensamiento genera ansiedad y es limitante. Como véis, la lección la tengo bien aprendida, sólo me falta llevarlo a la práctica.

Os mantendré informados. El simple hecho comunicaros mis intenciones ya genera una responsabilidad en mí.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Bendita inocencia

Llegando a estas fechas de excesos de comida repetidos, quiero empezar con este vídeo que ya vi hace unos meses, está realizado por Acción contra el Hambre y forma parte de una campaña contra la desnutrición infantil: 


Deberíamos aprender...

El otro día volvía para casa en coche. Me paré en un paso de peatones que está a la salida de un cole. Uno de los niños que cruzaba de la mano de su mamá me saludó a la vez que me regalaba su mejor sonrisa. Lo hizo porque sí, no me conocía de nada. Me alegró el día con su espontaneidad. ¿Cuál es el momento de nuestro desarrollo en el que dejamos de hacer estas cosas?

Cuando iba a 3º o 4º de EGB, pertenecía junto con mis inseparables por aquel entonces, Mikel, Dimas y Jimena, al CEDN, un club ecologista creado por nosotros mismos. Recuerdo devorar libros didácticos sobre el medio ambiente, las especies en peligro de extinción, las medidas de ahorro energético y el agujero de la capa de ozono. Hacíamos carteles y cada uno en su entorno realizaba labor divulgativa sin saberlo ni pretenderlo siquiera. No recuerdo el día en el que desapareció, ni sé si fue de una manera paulatina. 

Hay ciertas bondades que son innatas en el ser humano, nos corrompemos después y no alcanzo a entender cómo ni por qué. En la edad adulta todos nos volvemos más egoistas, más desconfiados y más huraños. En principio es nuestra experiencia vital la que nos hace ser así, para poder competir, para sobrevivir en la exigente sociedad actual. 

Ahora que se aproxima la Navidad, le voy a pedir a Papá Noel que proteja los restos que me queden de mi etapa de niña. No es por un complejo de Peter Pan, de no querer madurar, hecho ante el cual no tengo el más mínimo problema. Es porque quiero salvaguardar la ilusión, confianza, curiosidad e inocencia que me puedan quedar. Quiero seguir aprendiendo, motivándome, creyendo en nuevos proyectos y por qué no, en algunas utopías. Quiero vivir mi vida así y avanzar con estas premisas. Quiero creer en la gente y qué mejor momento que estas fechas en las que todo el mundo se vuelca más en el prójimo sólo porque es Navidad. No quiero perder la ilusión del día de Reyes, ni quiero dejar de pedir que el año que viene sea por lo menos igual que los anteriores. Tampoco quiero dejar de agradecer la suerte que considero que tengo porque no me falta de nada.  

Termino con esta frase que me dio a conocer hace años, un amigo que ahora vive en las antípodas: 
Procura que el niño que fuiste no se avergüence nunca del adulto que eres. 
Es del libro "La Brújula interior" de Alex Rovira Celma.
No dejéis de aplicarla. FELICES FIESTAS.


miércoles, 7 de diciembre de 2011

La vida en sepia

Siempre que vamos en grupo a una zona rural, ya sea más o menos recóndita, hay alguien que hace la misma afirmación "debe de ser un horror vivir aquí todo el año".
Bien, puede que la vida en la montaña o en cualquier pueblo pequeño sea más aburrida. Pero esto no lo podemos juzgar desde nuestro prisma, porque nosotros tenemos todas las comodidades del mundo. Hoy, no somos capaces de concebir la vida sin internet, ni teléfono móvil o setenta canales de televisión.
Muchas de las personas que viven en esas aldeas, no tienen la necesidad de tener ninguna de estas cosas. Es más, en algunos aspectos, llevan una vida mejor que la nuestra. No están sometidos a estrés, realizan sus labores diarias de manera constante pero sin renunciar a su siesta, ni a sentarse en un banco a charlar con sus vecinos, se alimentan mejor y respiran aire de mejor calidad.
Nosotros tenemos la capacidad de hablar con tropecientos amigos a la vez por Facebook, Twitter o email y enterarnos de toda la actualidad mundial casi a tiempo real, pero en cambio, no somos capaces de hablar en el ascensor de otro tema que no sea la meteorología. Tampoco podemos imaginarnos si nuestro vecino tiene necesidad de algún favor que para nosotros tendría fácil solución. Primero porque él no nos lo contaría y segundo porque nosotros no nos ofrecemos, el simple hecho de sugerirlo parece una locura hoy en día.
Paseando ayer, los troncos pelados llenos de líquenes, daban la sensación de que lo que teníamos ante los ojos fuera una estampa en sepia, inamovible. En mis ojos se quedó este filtro para seguir observando las relaciones interpersonales entre los habitantes del pueblo. Tuvimos la suerte de ver hasta una junta vecinal, allí reunidos en la plaza, debatían sobre la solución a un desplome de una pared del cementerio que cerraba la entrada a una finca. El sepia, nos transporta décadas atrás, da la sensación de antiguo y por ello abocado a desaparecer, no sin antes despertarnos cierto aire nostálgico.
Ya no queda gente joven, sólo una niña de 10 años. El resto, nietos de los moradores habituales se dejan caer en mayor o menor medida según los gustos, pero ya no se van a quedar porque crecieron en otro entorno. De todas maneras, son afortunados por haber vivido ese trato familiar con el resto de los vecinos.
Con lo cual, mi respuesta ante la afirmación "debe de ser un horror vivir aquí todo el año" es la siguiente, "no es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita".