"El tipo puede hacer cualquier cosa para ser distinto pero hay una cosa que no puede cambiar. Ni él, ni vos, ni yo, ni nadie[...]. No puede cambiar de pasión". El Secreto de sus ojos. Juan José Campanella, 2009.
No sé si todo el mundo tiene una pasión. O si símplemente tienen aficiones. Yo aficiones tengo muchas, me gustan las salidas con amig@s, los libros, el cine, la música, la playa, los animales, no sé... un sinfín de cosas. Pero pasión, puede que sólo tenga una y es el BA-LON-CES-TO.
Como me dijo un amigo, el baloncesto es "lo más importante de las cosas menos importantes". Y en efecto, tras las relaciones familiares y personales, la salud y el tener cubiertas las necesidades que se derivan de lo material, lo es.
El baloncesto me ha hecho y (aunque ya no tenga un papel tan activo) me sigue haciendo vivir experiencias de tal intensidad que difícilmente se pueden reproducir de manera frecuente en la vida cotidiana.
El baloncesto ha casi monopolizado mi tiempo libre durante nueve meses o más al año, al menos dos terceras partes de mi vida, y aunque en las pasiones no tienen por qué influir las horas empleadas, el roce sí que hace el cariño. Qué suerte tengo que la vida me hizo encontrarme con mi pasión.
El baloncesto ha casi monopolizado mi tiempo libre durante nueve meses o más al año, al menos dos terceras partes de mi vida, y aunque en las pasiones no tienen por qué influir las horas empleadas, el roce sí que hace el cariño. Qué suerte tengo que la vida me hizo encontrarme con mi pasión.
Y diréis, qué pesada es esta tía con lo de sentirse afortunada que está todo el día igual, pero es que así me siento tras haber vivido auténticos momentazos inolvidables durante más de veinte años, tanto en lo que a emociones positivas como negativas se refiere. Éstos, sin duda, han contribuido a formar mi actual carácter y me han ayudado a crecer. Las emociones vividas son las mismas que las de la cotidianidad, pero en mi amado deporte, los vestuarios y grupos se convierten en una especie de casa de Gran Hermano donde dicen que todo se magnifica.
He conocido amig@s de los de llevar en el fondo más hondo de la patata y con los que realmente siento una gran afinidad. Me he salvado de sentirme un bicho raro en una sociedad en la que salirse de las medidas habituales, tanto de cuerpo, como de miras, no siempre te hace encajar bien. He tenido un cursillo acelerado de cómo pasar por todos los estados posibles entre ser una principiante y una veterana. Un vaivén de sentimientos, luchas internas y externas y en definitiva, un aprendizaje constante.
Por todo esto y por muchas razones que ni siquiera sé expresar, me gustaría que si mi hijo eligiera jugar a baloncesto, tuviera la oportunidad de vivirlo con la misma intensidad que yo lo hice. Que sienta la satisfacción de mejorar, que le motiven a seguir haciéndolo, que disfrute, que gane y que pierda, que sea líder a veces y otra veces jugador de banquillo, que juegue algún partido trascendente, a ser posible una final, que celebre, que comparta, que se sacrifique por sus compañeros, que anime y sea animado, que se comprometa, que cambie de entrenadores, que juegue con compañeros que habían sido rivales, pero sobretodo, espero que sea cual sea su capacidad, tenga la oportunidad de desarrollarla plenamente todo el tiempo que él decida. Así será como podrá experimentar todo lo enumerado. Me gustaría ayudarlo a conseguirlo y no me gustaría que nadie le cortara las alas.
Si no habéis hecho deporte, puede que no entendáis de lo que hablo. O puede ser que lo entendáis, pero no lo compartáis, pero es que las pasiones no entienden de razón, entienden de corazón.