Esta semana, me causó un gran impacto esta historia de dos nonagenarios, amigos y antiguos combatientes de la guerra civil (¡en bandos distintos!).
Fue emitido en el programa Salvados, creo que en el 2009, y yo lo vi en una reposición de la Sexta 2.
Tengo una especial debilidad por esta generación, historia viviente. Porque quien más, quien menos, escuchó algún relato de la Guerra Civil contado por algún abuelo o abuela. Cada parte tiene su versión, cada individuo sus vivencias, y casi es ya una frase hecha el tópico de "una guerra civil es el peor tipo de guerra que pude haber" (como si hubiera alguno bueno).
Nuestros ancianos (siempre hablando de ancianísimos, de más de 90 o rondándolos) son de otra pasta (sigo tirando de tópicos), primero, por lo que les tocó vivir: necesidades, traiciones, hambruna, trágicas pérdidas familiares (ya fueran en combate, tras enfermar en la cárcel, o en un campo de concentración)... ; y en segundo lugar, porque la propia selección natural, se encargó de que hasta nuestros días, sólo llegaran los individuos genéticamente más fuertes, extremadamente fuertes yo diría si analizamos las dificultades que tuvieron que superar.
A veces pienso que los problemas de nuestra generación son un juego de niños al lado de lo que les tocó vivir. No sé si será así, el caso es que son de una índole bastante diferente.
Cuando coincido con alguno en mi trabajo, y me cuenta "batallitas" de su juventud, afloran en mí sentimientos de admiración y tiendo a autopreguntarme si yo hubiera sido capaz de soportar todo aquello. Pero está claro que ni mi educación, ni las comodidades que me rodean, ni la situación política y social que tuve la suerte de conocer desde que aparecí en este mundo, pueden ponerme en contexto.
Algún día os contaré alguna historia de las de mi abuela.
El caso es que esta historia es ejemplar, por la lección que dan ambos sobre capacidad de perdonar, de enterrar rencores y de convivir en armonía. Virtudes, que hoy en día, mucha gente tiene perdidas a pesar de enfrentarse a hechos infinitamente menos traumáticos y para nada comparables.
Den un fuerte aplauso y pónganse en pie, para recibir a ¡Fermín y Dalmacio!
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