Las desgracia a veces se ceba con determinadas personas. Hay gente que parece haber venido a este mundo para sufrir, y a las que el destino decide golpear una y otra vez. Cuando esto ocurre, lo normal es venirse abajo, abatirse y cuando el cúmulo de desdichas es grande, hundirse. Pero hay individuos que son capaces de luchar contra la adversidad y sobreponerse, sirviendo de ejemplo al resto de los mortales, por lo general más débiles.
No me suele gustar unirme a las simpatías espontáneas y multitudinarias que se despiertan cuando un personaje público fallece. Desgraciadamente, muchas veces tendemos a hacernos "fans" de determinados artistas sólo cuando han muerto. A pesar de que reconociéramos su talento en vida, decidimos pararnos a contemplar su obra una vez que su autor abandona este mundanal ruido. Pasa siempre. El caso más evidente que yo viví a mi alrededor fue el de Michael Jackson, de repente, un montón de gente se acordó de escuchar sus discos, cuando antes nunca se había parado a hacerlo.
Pero para mí, el caso de hoy es diferente, porque mi homenajeado, Manuel Preciado, ya despertaba una enorme simpatía en mí. Por su carisma, por su cercanía, por su normalidad, virtudes poco habituales en el teatro del deporte rey.
Me da mucha pena porque era un luchador. Porque lo fácil sería haber abandonado tras las adversidades. Enviudó con 45 años quedando con dos hijos. Dos años mas tarde, uno de ellos con 15 años, falleció por un accidente de moto. Y el año pasado, su padre murió atropellado en presencia de su hermano. Hoy, la encapuchada de la guadaña, se lo ha decidido llevar a los 54 años de edad. Por lo menos ha tenido la "decencia" de hacerlo de manera rápida.
"La vida me ha golpeado fuerte. Podría haberme hecho vulnerable y acabar pegándome un tiro, o podría mirar al cielo y crecer. Prefiero la segunda opción". Ésta era su filosofía. Que le sirva de bastón al hijo superviviente, del cual nadie parece acordarse y quien debe de estar viviendo hoy una auténtica pesadilla. Mucha fuerza. Mucho ánimo.
Al final seguirás creciendo, Manolo. Porque has conseguido unificar a una región (y dos aficiones enfrentadas) llorando tu pérdida. Porque una persona sigue viva mientras la gente se acuerde de ella y a ti te recordarán unas cuantas generaciones. Y no será por el efecto mitómano de la muerte. Será porque lo sembraste.

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